Cielo despejado,
estrellas a la vista, ni una sola nube; hace una noche perfecta.
Como cada dos o
tres días, es noche de caza para mi. Los demás de Las Noches Tienen Ojos no
tienen la dependencia a la sangre que tengo yo, lo que les facilita bastante la
existencia, sobretodo a los que no tienen la necesidad siquiera de comer.
- ¿Te acompaño a
la discoteca? Me apetece ir de fiesta, y así quizás vea a alguno de Colinas
Oscuras.
- No me apetece
buscar jaleo esta noche, Carla...
- No te apetece
buscar jaleo pero vas a matar a una persona para beberte su sangre. Qué lógica
más aplastante.
- Sabes que lo
hago para sobrevivir. Cómo se nota que tú no tienes ese problema.
- Ya, claro, por
eso no dejas a ninguno vivo, ¿no?
- No dejo a
ninguno vivo para no tirarme a tu cuello ahora mismo, estoy sedienta, así que
no me provoques, por favor.
- ¡Ja! Como si
pudieras, enana. Anda, ve a buscar tu "presita". Saldré con Flames o
alguno de estos. Nos vemos mañana.
Sadistic, así
llaman a mi hermana Carla. Está obsesionada con los grupos rivales, siempre
quiere encontrarse con alguno para provocar más piques de los que ya hay. Es
una yonki de mucho cuidado, se mete de todo, bebe de todo, y hace lo que
quiere. Al fin y al cabo, se lo puede permitir. Físicamente es extremadamente
delgada, con un increíble pelo negro que le llega por los riñones, al contrario
que yo, que tengo el pelo rubio y soy más bien una chica normalita. Siempre me
ha dado envidia lo sexy que puede llegar a ser para el sexo masculino, tanto,
que me da miedo. Al principio de averiguar su secreto, pensé que era un
succubus o algo por el estilo, porque todos los hombres caían a sus pies, hasta
que uno le dio calabazas. En ese instante mi lógica y lograda deducción, cayó
en picado, y no supimos lo que en realidad era hasta hace unos meses.
Carla nunca
tenía hambre, nunca, y con esto quiero decir que nunca la veíamos comer. Ella
decía que sí, pero era una mentira tan grande como que Kurt Cobain sigue vivo.
En mayo tuvimos un encontronazo con Colinas Oscuras, y, claramente,
tuvimos una pelea descomunal. Mientras yo desangraba a un chico de la otra crew
con mis colmillos, miré hacia mi derecha, y vi a mi hermana en el suelo, con
una daga clavada justo en el corazón. Solté al chico de inmediato (no lo maté,
aunque debí haberlo hecho, ya que ese chico luego me dio una paliza importante)
y me arrodillé al lado de mi hermana, histérica. No me dio tiempo para llorar.
Sadistic levantó su mano derecha, cogiendo la daga y sacándosela del pecho. La
herida sanó casi de inmediato, dejándola un poco mareada.
Las palabras que
me dijo mi hermana fueron: ¡Joder, tía! Estaba muerta, creo. La daga me
llegó al corazón, y me mató, pero estoy viva de nuevo... Creo que soy inmortal.
Tenía razón, es
inmortal. No puede envejecer, con lo que vagará por el mundo no sé cuánto
tiempo. Al igual que yo, hasta que me claven una estaca en el corazón, porque
ni el Sol ni los ajos me matan, la verdad. A partir de ese incidente, a
Sadistic la han matado más de doce veces, más que nada por su despreocupación a
la hora de enfrentarse a la muerte.
Mi hermana y yo
nos criamos con nuestro padre, Esteban, un señor bajito, gordo y entrado en
edad. No era muy buen padre, ya que siempre nos dejaba solas en casa, no se
preocupaba por nosotras, y muchas veces llegaba a casa tan borracho que sus
hijas tenían que cuidar de que no vomitara en la cama. Los vecinos jamás se
dieron cuenta de su falta de atención, es más, creo que nunca se dieron cuenta
de que no teníamos madre. Y es normal, casi nunca salíamos de casa, sino para
ir a clase y para comprar alguna que otra cosa.
Esteban, mi
padre, era uno de los peces gordos de una extraña mafia que había en la ciudad
en ese entonces. Se dedicaban a vender armas ilegalmente a todo aquel que
ofreciera una buena suma de dinero, y no eran pocos los que compraban. A parte
de eso, jamás supimos quién era de verdad nuestro padre, qué se escondía detrás
de esa tapadera de hombre duro que mostraba siempre. Nunca hablaba con nosotras
de casi nada, así que al final decidimos pasar de meternos en sus asuntos y
pasar de él directamente.
Una noche como
otra cualquiera, Carla y yo estábamos en el salón viendo alguna película mala
en la televisión, yo estaba comiendo palomitas y mi hermana fumándose un porro,
deprimida porque no le quedaba más hierba, algo más que típico en ella. Rápidamente
se quedó dormida en el sofá, y yo no quise despertarla (no hubiese podido de
todas formas), así que me levanté, llevé el bol de palomitas a la cocina y me
dirigí a mi cuarto. Cuando estaba subiendo por las escaleras, escuché varios
golpes que venían del patio de detrás. Pensando que sería un ladrón o un
vagabundo, me entró miedo. Al pasar por la cocina de nuevo, cogí un cuchillo.
Siempre hay que ser prevenido en esta vida. Empecé a caminar más despacio
conforme me acercaba a la puerta de atrás, los ruidos no cesaban. Entre el barullo
reconocí la voz de mi padre.
-¡Está bien! Les
devolveré todo lo que robé, pero, por favor, dejadme en paz de una puta vez.
¡Por favor! – gritaba desesperado, jamás pensé que vería esa faceta de mi
padre, tan… Jodidamente desesperada. Al escuchar eso abrí la puerta de madera
casi al instante, y me encontré una escena que no se borraría de mi memoria ni
aunque quisiera. Estaba ahí, con la cara irreconocible de los golpes que le
habían propinado, el cuerpo tembloroso… Y sin su mano derecha, se la habían cortado.
No pude fijarme bien en las caras de los tres agresores, menos en la de uno en
concreto. Dimitri, el creador de la mafia, el jefe de todos y el que decide
todo.
Al ver a mi
padre en ese estado, me tiré al suelo a su lado, sin apenas respiración. Casi no
podía hablar cuando me dijo:
-Por favor, Amy…
Cuídate… No quiero que… Cometas mis mismos errores, ni Carla tampoco… Dime que
todo les irá bien, antes de que me- lo corté, no quería que siguiese hablando.
- Todo va a
estar bien, papá. Te lo prometo. Cierra los ojos, y deja de sufrir, por favor.
Al instante en
el que sus ojos se cerraron, su cuerpo dejó de temblar. La impotencia me pudo.
Me quedé en blanco, sin saber qué hacer, ni cómo reaccionar. Solo me salían
lágrimas, una detrás de otra. Había perdido a un padre con el que apenas había
pasado tiempo, y, al fin y al cabo, la culpa no era del todo suya.
-¿Y ahora qué
podemos hacer contigo?
Dimitri, el
hombre causante de todo. Tenía los ojos completamente negros, igual que su pelo
largo. Con tan solo verle la cara, ya te producía arcadas… Una cara tan
asquerosamente sádica, que daba miedo. Y ese miedo, se apoderó de mi en la peor
situación. Dimitri me apuntó con la pistola en la cabeza, pensando en voz alta
lo que podría hacer conmigo.
-Ciertamente,
podría matarte de un solo disparo en la cabeza, o en el corazón. También uno de
mis hombres podría encargarse de mutilarte por completo. O también cabe la
posibilidad de cortarte solo la lengua, para que no menciones este trágico
accidente. ¿Qué prefieres, niña?- me dijo con una sonrisa desbordante en la
cara, algo que me paralizó aún más. Ese hombre no era normal, me aterraba.
- Antes de eso…
¿Por qué lo mataste? – le dije temblando.
- Porque tu
padre era una rata. Una sucia rata que me robó cuatro millones de euros. ¿Y
sabes para qué los quería? Para poder irse de esta ciudad, seguramente sin ti y
sin tu hermana.
- Mi padre no
nos abandonaría así como así.
- ¡Ja ja ja ja!
– su risa era aún más tétrica que sus ojos- ¿Realmente crees eso? ¿Qué conocías
de tu padre?
- Me da igual lo
que me digas, no tenías derecho a matarlo…
- En eso te doy
la razón, pero tú tampoco tienes derecho a decirme lo que debo o no debo hacer,
preciosa – se acercó a mi, poniéndose de rodillas enfrente de mi- Cuando
mueras, búscame, y empezarás a comprender cómo van las cosas en esta ciudad.
Su presencia tan
de cerca, me paralizó aún más, no podía moverme, ni siquiera para intentar
huir. Dimitri acercó su cara a la mia, juntó sus labios con los mios, y justo
al separarse me disparó en la cabeza.
Me mató, me mató
para renacer como lo que era él, un vampiro.